¡Mea culpa!

Y fue en el calor infernal de aquel carro, justo cuando los muslos se quemaban con el cuero de las sillas y las gotas de sudor bajaban ardientes por mi rostro, que miré al espejo del retrovisor y lo vi todo.

Detrás de ese rostro cansado, sudado y envejecido, estaban las ganas de aquellas veces que no tomé acción.

El tiempo escurrido en mis arrugas, y los sueños guardados en cobardía, mostraron sin pena lo que hacía tiempo evadía enfrentar.

Esa tarde el sol de agosto quemó tan duro, que sin lograr escapar del tapón en aquel carro viejo y con el aire acondicionado dañado, transitando la avenida cargada de carros de lujo, pude entender que todo había sido culpa mía.

Mea culpa, susurré al espejo.

¡Mea culpa!, grité furiosa a lo lejos.

Cerré los ojos por un momento. Respiré lo más hondo que pude y lo acepté: toda esa precariedad era mi premio.