La gratitud desechable: una reflexión hacia el acto de dar gracias

Llega esta fecha y, de pronto, las tiendas se abarrotan de adornos con la palabra thankful. El sofá carga cojines agradecidos, el aroma de las velas también, la alfombra de la cocina, el banderín del jardín y hasta nuestras camisas se sienten grateful. Esperamos a tener la mesa servida y el pavo al horno frente a nosotros para repetir, casi como un papagayo, “doy gracias por estos alimentos…”. Sin olvidar repetir ̶ porque más vale decirlo ̶ que “hay que dar gracias todos los días.” Pero, en realidad, ¿lo hacemos? ¿La persona que somos a diario, en todos nuestros escenarios, refleja verdadero agradecimiento?

El acto de dar gracias ̶ la acción de dar gracias̶ nos invita precisamente a eso: a accionar. A que nuestras palabras no se queden en el aire, sino que vayan en sintonía con lo que hacemos. El agradecimiento se demuestra en los gestos más pequeños: en la amabilidad con la que tratamos al mesero que nos sirve en un restaurante, con quien nos empaca la compra en el supermercado, con nuestros compañeros de trabajo, con nuestros empleados y con nuestra familia. Ese gesto que se da cuando decides ayudar a un vecino en la mañana, aunque quizás, esos minutos nos retrase el camino al trabajo. Agradecer es enfrentar las injusticias y no hacerse de la vista larga cuando no es conmigo la cosa. Recuerdo esa popular frase que dijo uno de los personajes del programa de televisión The Office: “Hay tanta belleza en las cosas ordinarias. ¿No es ese el punto?

Y si no es ese el punto de ser agradecidos, ¿entonces? Analicemos si por ahí vamos, o si, por el contrario, ¿caminamos por el mundo refunfuñando y quejándonos para convertirnos el “día del pavo” en eruditos del agradecimiento?

A mí siempre me gusta pensar con la crudeza de lo real: si yo me muero justo en este instante, ¿qué recuerdo quedaría de mí entre las personas que más amo? Pregúnteselo. Es un ejercicio poderoso. Estoy lejos de ser perfecta, pero pensar en esto, me ayuda a mirarme de frente, y si hace falta mejorar, me empuja a hacerlo.

Así que seamos, entonces, esa persona que ilumina cada espacio que ocupa. Que nuestro agradecimiento no sea desechable, como los platos estampados con thankful. Que no nos enajenen las circunstancias del prójimo y que nuestro entorno se nutra de nuestra presencia. ¡No podemos andar exigiéndole al mundo un comportamiento que no practicamos! Demos gracias con el servicio, para que nuestras palabras ̶ por fin̶ se afinen con nuestras acciones.

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